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Gregorio de la Serna vive en Tandil, provincia de Buenos Aires, donde disfruta la plenitud de sus 50 años, es Ingeniero Agrónomo y su profesión lo trajo alguna vez por Catamarca, donde residió algunos años. Allí se enamoró perdidamente de esta tierra y desde entonces la siente como propia, tanto que tiene un blog llamado Alma Catamarcana. Éste es su relato:
La siesta pintaba larga, anunciada en silencios largos y cuerpos en descansos. Un locro recalentado, había sido su comida, pero acostumbrados a no tener, se refugiaban en el gran amor que se tenían. Desnudos de la vida, siestiaban Delicia y Carlos. Sus manos como tenazas, no se soltaban ni un segundo. Enamorados hasta los huesos estaban. Pocas lunas hacia, se habían jurado amor eterno. Tan jóvenes eran que parecían pimpollos por florecer. Un nubarrón oscuro y frío se venía derechito para el rancho de los Martínez. Se poso en el techo de paja y no se iba. Como quien no ve, la siesta continuaba. Una polvareda de galopes cruzo el arroyo de los sauces. Cuatro soldados eran, uno era el que mandaba. Con el cabo del rebenque, golpes en la ventana, daban por terminado el descanso. - Martínez!!! A vos te andamos buscando. -Dejá de vaguear, y presentate, el Gobernador te anda buscando. Con los pelos revueltos, con una mano se agarraba los pantalones y con la otra trataba de despertar su cara, salió del rancho, sin saber que pasaba. Abrazados los dos, tirados en el piso del alero, lloraban a mares.. La tormenta sobre el techo de paja, había descargado. No podían hablar, sus ojos eran ríos de lágrimas, sus cuerpos, temblaban de miedo. la guerra del Paraguay los separaba. Tres meses duraba la preparación del batallón "Libertad", el 6 de noviembre, se iban a pelear. Delicia, no comía ni dormía, estaba sin consuelo. Solo le rezaba a la Virgen Morenita , no quería perder a su Carlos. Tempranito a la mañana, allá por octubre, se lavo su cara morena, busco sus mejores alpargatas, se puso su vestido gastado pero con olor a jabón de pan, peinó su melena negra para atrás, y enfilo para el cuartel. Dos horas de mucho caminar. Yo al Carlos, no lo voy a dejar. Yo también voy a la guerra del Paraguay. Al mediodía, su rostro estaba iluminado, entraba a su rancho cantando una zamba; el comandante la había autorizado a viajar. Su corazón era un tambor de cómo sonaba. Al Carlos, Delicia lo iba a cuidar.
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