Fray Mamerto Esquíú, el hombre, el santo

Como en otras ocasiones, nuestra revista pone a disposición de sus lectores la vida y obra de otro de sus dilectos hijos. En este caso -y es éste el último capítulo- narramos, la vida de Fray Mamerto Esquiú, conocido como el Orador de la Constitución , pero que sin embargo es más admirable por su apasionante vida sacerdotal, ejemplo de humildad y amor al prójimo.

Cap. IV

Había estado en La Rioja , donde su salud se resquebrajaba y volvía a su sede episcopal de Córdoba en no muy buen estado. Sin embargo estaba contento, en cada lugar que se detenía repartía rosarios, estampas y medallas, confirmaba y daba consejos, mientras por otra parte repartía todo lo que el gobernador le había regalado: comida, vajillas, toallas y cepillos. En su estadía en la Rioja había realizado múltiples actividades de su rango episcopal y había administrado los sacramentos a numerosas personas, mayores y niños.

Era el 8 de Enero de 1883 cuando dejó aquella provincia rumbo a Córdoba, por una ruta que pasaba por El Recreo, en Catamarca. Viajaba en galera, especie criolla de la diligencia, acompañado de su secretario.

Al día siguiente su salud volvió a empeorar. Tenía mucha sed, se sentía como si estuviera indigestado y le pesaba la cabeza. Decía tener sueño y no poder dormir. No obstante, a pesar de su malestar, confirmó a numerosas personas en cuanto lugar se detenía la galera. En Medanitos hicieron un alto y él no pudo comer. Uno de los viajeros le dio un remedio homeopático que le calmó la sed. A la noche se detuvo el carruaje en medio del campo. Allí le improvisaron una cama con un cuero y, con un techo de mantas le protegían del rocío. Los demás durmieron en la galera.

El martes 10 de Enero el obispo amaneció mejor. Desayunó, tomó el remedio del homeópata y continuó el viaje. Pero el malestar volvió en seguida y Esquiú sentía otra vez mucha sed, tal vez producto de la fiebre que seguramente tendría.

Llegaron a la Posta de Pozo del Suncho, en el Departamento La Paz , en nuestra provincia. Allí una apreciable cantidad de gente aguardaba la llegada de la mensajería. Esa llegada era siempre uno de los acontecimientos más importantes en las rutinarias vidas de los campesinos de los pueblos más humildes.

El obispo desde su asiento impartió la Bendición pero no pudo bajar. Su secretario que había hecho preparar una cama en una de las casas, le instó a que descendiera pero Esquiú ya casi no hablaba y no podía casi moverse. Sufrió dos descomposturas y tuvo que ser llevado por varias personas hasta la cama donde finalmente se desvaneció.

Se le practicaron diversas curaciones caseras: cataplasmas y otros remedios pero sin resultado. El padre de la humildad no reaccionaba. El obispo estaba inerme.

Y para ser aún más fiel a su maestro Jesucristo, tal vez como tratando de imitarlo hasta su último aliento, a las tres de la tarde, a la misma hora en que murió Cristo, Fray Mamerto de la Ascensión , empezaba su propia ascensión al Reino de los Cielos.

No podía tener mejor final. Había fallecido en medio de la pobreza más grande, en medio del campo inhóspito, lejos de la población más cercana. Sin miembros del clero, ni autoridades civiles. Sólo junto a sus compañeros de viaje y a los pobres rancheros de la Posta. En la máxima humildad, en la mayor desolación, para coronar con esa sencillez uno de sus triunfos espirituales más importantes: vencer la soberbia, que decía tener y que tanto le afligía.

Su cadáver fue trasladado en la misma mensajería hasta Recreo, donde unos kilómetros antes de llegar le esperaba el pueblo con faroles y antorchas para acompañar al obispo hasta la población, en un triste cortejo fúnebre, al lento paso de la galera, mientras los asistentes rezaban y lloraban por su comprovinciano santo que habían conocido cuando pasó rumbo a La Rioja. Eran cerca de las dos de la mañana y en la estación de trenes pusieron su cuerpo en un catre de lona con almohadones y en un vagón de primera clase partió para siempre de tierras catamarqueñas, rumbo a la sede de su obispado: la ciudad de Córdoba.

Fue recibido en la estación Avellaneda, unos 100 km antes de Córdoba, entre Deán Funes y Jesús María, por el clero de aquella provincia que le había procurado un lujoso féretro, pero Esquiú no cabía. Su cuerpo se había hinchado y ya comenzaba a descomponerse. El lujo de ese cajón no era propio de su humildad y debió ser sepultado en una capilla cercana. Al día siguiente por orden de las autoridades nacionales su cuerpo fue retirado de ese lugar rumbo a la Ciudad de Córdoba, previa autopsia de sus entrañas pues se temía pudiera haber sido envenenado.

En Córdoba todo el pueblo lloró la muerte del obispo. Pero nadie tanto como una pléyade de mendigos que desconsoladamente gemían, rezaban y elevaban sus brazos con incredulidad: había muerto su benefactor. Tal vez el único que los quiso de verdad y por quienes había dado y hecho tanto.

Trece años después de su muerte llegó a Córdoba el gran poeta nicaragüense y maestro de las letras castellanas: Rubén Darío. Él también le compuso sentidos versos al Santo Obispo de Córdoba, el catamarqueño Fray Mamerto de la Ascensión Esquiú.

Así nos lo dice el destacado bardo, en estos fragmentos de su magnífico poema “En elogio del Ilustrísimo Señor Obispo de Córdoba Fray Mamerto Esquiú O.M.”:

Un báculo que era como un tallo de lirios
Una vida en cilicios de adorables martirios,
Un blanco horror de Belcebú,
Un salterio celeste de vírgenes y santos
Un cáliz de virtudes y una copa de cantos,
Tal era Fray Mamerto Esquiú!

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Con su mano sagrada fue a recoger estrellas
Antes cansó su planta, dejando augustas huellas
Feliz Pastor de su país;

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Su espíritu era un águila con ojos de paloma;
Su verbo es una flor.

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Trompetas argentinas dicen sus ideales
Y su órgano vibrante tenía dos pedales,
Y eran el Bien y la Verdad.

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Si hay algo conmovedor en la vida de Esquiú es su humildad y su caridad. Su elocuencia, su oratoria, su profunda sabiduría en muchos campos del conocimiento, sucumbían ante la magnitud de su humildad, de su permanente renuncia a las cosas terrenales para lograr la salvación del alma: de la suya y la del prójimo. Su caridad sin límites para con todos los pobres ha sido su aureola de santidad, una santidad que Dios mediante, muy pronto veremos hecha realidad.

Textos: extraídos del Libro Catamarca Ensueño y Leyenda de Rodolfo Lobo Molas.

Fotos y Producción: CatamarcaPress © 2011

 

 

 

 

 
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
                         
 

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