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El abuelo del aireDon Casimiro Szlápeliz fue un legendario personaje de la patagonia argentina que ha dejado su impronta en numerosas actividades de larga y fructífera vida. Un personaje amado y recordado por su bonhomía, por su solidaridad con la sociedad toda y por “sus bombardeos de caramelos” a los niños de las escuelas. Don Casimiro había nacido en Kupiskis, en Lituania, a orillas del Río Levuo, el 1º de octubre de 1895. Llega a la Argentina con su familia al año siguiente y por pedido del abuelo de Casimiro, Isidoro, parten para la sureña Comodoro Rivadavia. Allí, en el Arroyo La Mata , llevaba a abrevar a los caballos de los carreros en las horas libres que le dejaban sus estudios escolares. Tiempo después la familia se radica en Sarmiento donde Casimiro desarrolla parte de su vida. Cuenta la escritora Mónica Soave que en Sarmiento también vivía “Amalia Ramig, una joven rusa llegada con su familia de una colonia alemana en el Volga, protestante luterana. Estimada Amalia - le escribirá ardido de vergüenza y desesperación - no sé si usted habrá reparado alguna vez en una presencia temblequeante, casi desapercibida, que la ve pasar todas las tardes por la esquina del almacén. Esa presencia, mi querida, no es otra que la mía, tan temblequeante como esta mano - también mía - que en este justo instante se atreve a escribirle y a rogarle que me permita, alguna de estas tardes, mirarla a usted a los ojos para decirle, en presencia no desapercibida sino concreta, cuánto la amo. Casimiro se preguntará por muchos años qué fuerza había sido la que le permitió deslizar esa carta debajo de la puerta cancel de la casa de Amalia pero lo cierto es que ella accede a esperarlo y a escuchar su encendida declaración de amor de sus propios labios, un día particularmente ventoso a fines de octubre de 1918” . La oposición de los padres de Amalia postergó las ansias matrimoniales de los jóvenes, porque ella era menor, pero finalmente, el 12 de octubre de 1919 contrajeron matrimonio. Tuvieron 6 hijos y numerosos nietos. Cuenta su hijo, Febo Szlápeliz, que también “trabajó por su cuenta, siendo contratista de la Dirección de Puentes y Caminos haciendo rutas y donde también fue minero y contratista de Y.P.F.y dirigió las obras de las escuelas construídas entonces en el Alto Rio Senguerr, Facundo, Rio Mayo, Pasto Blanco, Ricardo Rojas, Aldea Beleiro, El Coyte y Apeleg como así tambien la sala de primeros auxilios, hasta 1949. En el año 1950 logró un contrato de movimientos de tierra para Y.P.F. en Cañadon Seco, dondé se trasladó a vivir. Mientras un representante permanecía al frente a estos trabajos, Don Casimiro se trasladó al Senguerr para atender un horno de cal propio, permaneciendo allí hasta 1964 año en que regresa a Sarmiento como Jefe de Vialidad Provincial cargo que ha de resignar por el de asesor hasta obtener su jubilación ordinaria en el año 1980” . Pero sumado a su fructífera y activa vida, la pasión del vuelo era parte de su esencia. Aprendió a volar, tuvo varios aviones, pero no era piloto…!!! Y es así que le tocó vivir diversas experiencias, que hoy, a través del tiempo, nos parecen risueñas, pero que en el momento no lo eran tanto. FOTO: 33 - 5 - El abuelo del aire FOTO INTERIOR 2.jpg Volaba sin brevet y según él mismo contaba "Empezaron a aparecer los controles y las trabas y cuando iba a Comodoro tenía que evitar la pista de la ciudad. Aterrizaba más lejos, en Astra. Allí ataba el avión a una mata, y después seguía hasta la ciudad como podía”. Pero ese método no duraría mucho, alguien lo sabía, alguien lo veía volar. Un avión en aquellas soledades no es algo que pase desapercibido. Un ruido en el cielo, una figura que pasa a no mucha altura, es fácilmente visible y entonces, alquien estaba al tanto de sus vuelos y seguramente comunicó a la autoidad aeronáutica. Hasta que un día, ni bien aterrizó en Astra, un policía le dijo: "Está detenido". El policía argüía órdenes superiores, de la autoridad aeronáutica. Entonces don Casimirio, le propuso al agente que despegaría de inmediato y se volvería a sus pagos. El policía, que seguramente conocía a don Casimiro y su manera de ser y actuar con la gente, aceptó que parta con el compromiso mutuo de que nunca se habían visto ahí. Esto hizo que Casimiro Szlàpeliz se replanteara su situación como piloto y decidiera finalmente hacer el curso para obtener el brevet que legalizaría su pilotaje y le permitiera volar sin reparos.De tal manera, en 1951 partió en su propio avión hacia Buenos Aires, y aterrizó en el Aeródromo de San Fernando. Al bajarse de la aeronave, y siendo en el lugar un desconocido, no tardaron en llegarse hasta él aviadores e instructores que estaban por ahí. Al preguntársele desde donde venía y para qué, Don Casimiro respondió con simpleza: "De Chubut para hacer el curso de piloto". Los sorprendidos instructores que no entendían cómo era posible que quisiera hacer el curso de piloto si ya volaba y además había llegado en ese pequeño avión, no atinaron más que a preguntarle "¿Y se vino con ese avión desde Chubut?" Entonces Szlapeliz con su proverbial humor respondió: "¡Pero claro, si es mío!". FOTO: 33 - 5 - El abuelo del aire FOTO INTERIOR 3.jpg Don Casimiro, empero, había comenzado a volar en 1935, 16 años antes hasta que hizo el curso de Piloto. En su larga vida había acumulado más de 1600 horas de vuelo. Tuvo varios aviones pero el monomotor Luscombe, que bautizó Chimango es el que se conserva en el Aeroclub Sarmiento. Era feliz con su Chimango y se vanagloriaba de su economía de combustible: “apenas gasta 18 litros por hora! Pero el avión carecía de algunos instrumentos que hoy los aviones llevan obligatoriamente. El decía que para saber por donde dirigirse a algún destino no usaba radiocompás, no tenía equipo de comunicaciones y -según él- volaba “a ojímetro” . A sus 85 años recibió el Brevet de Honor de la Fuerza Aérea y siguió volando hasta los 87. Su vida era un canto de amor al prójimo. Su solidaridad no tenía límites. Estaba siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitare sea don de sea y sin medir riesgos. Esta conducta y su amor por los niños, hicieron de él una personaje muy querido y profundamente respetado y admirado en su pueblo. Don Casimiro gustaba de regalarles caramelos a los niños. A veces iba hasta la escuela y repartía entre los pequeños, que se agolpaban a su alrededor. Pero otras veces, más audaz, “bombardeaba” el patio de la escuela con bolsas de caramelos que lanzaba desde su avión. Los niños escuchaban el ruido del motor del avión y corrían al patio a esperar las “bombas” y con sus manitos al cielo saludaban al pasar. FOTO: 33 - 5 - El abuelo del aire FOTO INTERIOR 4.jpg Mónica Soave cuenta también que “Todo sigue igual - le escribirá a Amalia alguna tarde melancólica de marzo - todo sigue como era entonces, como cuando fui a buscarte con mi sombrero de paja y te vi esperarme con tus zapatitos de taco a la puerta de la casa de ladrillo de tus padres. Siempre estaremos juntos y, alguna vez, volaremos entre los pasillos de la eternidad y cruzaremos todos los obstáculos. Tiempo después, y también con ese último avión, Casimiro tirará flores todos los domingos sobre el cementerio, tratando de hacer puntería para que las margaritas y los malvones y las rosas silvestres, caigan sobre la tumba de Amalia que ya hace algunos años no está con él. Entonces, nada es igual. Las visitas al cementerio se volverán casi cotidianas en el otoño y en el invierno de 1982, aun con frío y nieve. Solo, tantas veces sin la compañía de sus hijos o de sus innumerables nietos, continuará con la obsesiva limpieza del sepulcro matrimonial, del respaldo de yeso que lo espera como alargando los brazos en esa tierra firme tan diferente a los cielos patagónicos y abiertos” Ya hacían dos años que Casimiro no volaba. Desde los 87 años. Durante 46 había recorrido todos los cielos patagónicos, había visto todos los paisajes, había desafiado todos los vientos . FOTO: 33 - 5 - El abuelo del aire FOTO INTERIOR 5.jpg Un día frío y ventoso, un 10 de mayo de 1983, después de almorzar en el Aeroclub que era como segunda casa, casi imperceptiblemente, su alma puso flaps, soltó los frenos, empujó el acelerador a fondo y remontó el último vuelo. El Abuelo del aire, como lo llamaban los niños cuando pasaba por sobre el patio escolar, sin radiocompas, sin equipo de comunicaciones, volando a “ojímetro”, dirigió su rumbo al infinito, hacia la eternidad donde desde hacía un tiempo lo esperaba la rusita, allá donde Amalia aguardaba su aterrizaje. Textos: Rodolfo Lobo Molas
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