Cuentos de la plaza

¿Quién no tiene recuerdos de la plaza principal de su pueblo? En esta entrega, la primera de muchas prometidas, el destacado periodista catamarqueño Alberto Lindor Ocampo nos hace un emotivo recuerdo de la Plaza principal de Catamarca, recuerdo que sin dudas, despertará en cada uno anécdotas propias, y aquellos que vivan en otras comarcas,  recordarán tambien a la plaza de su pueblo. Su plaza.

 

Cuentos de la Plaza

por Alberto LIndor Ocampo

 

La Plaza, para nosotros los catamarqueños, sobre todos los que ya pasamos una barrera temporal razonable pero siempre con 20 años en un rincón de corazón, es la PLAZA 25 de Mayo hoy más conocida por los piquetes y centro de reclamos que por ser el núcleo de infinitas travesuras, de pequeños, “festejos de enamorados quijotes y de Dulcineas inalcanzables”, lugar de encuentro de amigos y bancos de plaza verdes  donde despuntábamos sueños y secretos.
 Las más viejas fotos muestran a este espacio muy plano y ya con las dos enormes palmeras que custodian cual gigantes simétricos las torres de nuestra Catedral Basílica.


La Plaza antes de la remodelación

Vino don Carlos Thays aquel que diseñara los bosques de Palermo y tantos otros jardines y produjo tales modificaciones en su parquización y desniveles que la convirtió, y estoy convencido de ello, en la plaza más bonita de la argentina. Era un verdadero jardín botánico que, alguna vez contaba al pie de cada exponente  con los carteles indicando nombre común y científico de cada especie. dándole un carácter de distinción única. El Retoño del Pino de San Lorenzo engalana una de las diagonales  cercanas a la explanada del mástil con nuestra bandera, y todos los días pasamos ignorando semejante reliquia.

Cuando éramos chicos, LA PLAZA cobijaba todos nuestros encuentros para jugar a la mancha, andar en bicicleta, para las escondidas era fabulosa por sus infinitos canteros y barreras de ligustros, o la casilla del cuidador ( donde actualmente se guardan utensilios de limpieza y era parte de la usina del centro. El viejo de la vereda no estaba ausente en las propuestas lúdicas.  También, los fotógrafos con sus gigantescas cámaras con fuelle, que grababan para la posteridad a los enamorados bajo la ecuestre estatua del Libertador, o las consabidas fotos de comunión a la salida de la Catedral.

Al contar esto viene al caso hablar de las Fuentes de la Plaza: siempre fueron tres.: una ubicada mirando hacia el cine Catamarca -descripción poco académica pero no encuentro otra-,  la que está en el acceso desde la Galería Catamarca y la tercera por allá, mas oculta, en las inmediaciones del Banco Hipotecario.. Todas en la “planta baja del paseo”.


Fuente sobre calle Rivadavia, frente a la Galería Catamarca

He aquí la primera recordación: los fotógrafos de la plaza – que dejaban sus cámaras en el mismo predio durante la noche para habilitarlas a la mañana siguiente- la última que existía fue robada no hace mucho tiempo-, por una cuestión de química que no explicaré en detalle, debían recurrir a las fuentes pues, al hacer la toma fotográfica les faltaba un elemento: el  interruptor del revelado y corrían hasta la fuente más cercana a lavar la copia que habían logrado con su placa. Muchas de las veces el tiempo les jugaba una mala pasada y la foto se ponía amarilla o marrón se oscurecía muy rápido y, cuando los modelos volvían a buscar su foto había que hacer todo nuevamente. Era divertido ver, a los costados de la caja de la cámara fotos de los discípulos de Niepce y Daguerre, todas aquellas fotos que no habían sido reclamadas tal como si fueran actuales nóminas de morosos de los bancos y comercios con deudores varios.


Fuente sobre calle San Martín

Entonces, las fuentes presentaban un fondo de rectángulos variopintos  que no eran otra cosa que los fallidos intentos de los retratistas.
Hubo un tiempo que tales fuentes tenían una virtud casi de cuentos de hadas. Las tres estaban pobladas con peces de colores, aquellos que se conocen como Koi y Carassius pampeanos. La fuente que está más cerca de calle San Martín, tenía una formación rocosa desde donde salían cascadas de agua y una gruta por donde atravesaban, con burbujas y coletazos, aquellos peces de colores naranja, plateados , moteados, dorados, en fin, multicolores. . Nadie les causaba daño alguno. Muy por el contrario, si uno se acercaba a las fuentes, recogía hojas o papeles que haya podido arrastrar el viento. Me imagino hoy, si hubiesen perdurado pobladas, esquivando éstos botellas de plástico, “tetrabrics”, bolsas, cartones de panchos, etiquetas de cigarrillos y otras menudencias innombrables.

El más importante cuidador que tuvo La Plaza por aquellos tiempos era un señor mayor al que llamábamos “palito doblado” tal vez porque era un poco encorvado o más seguramente porque portaba una larga varilla con la cual nos daba por las canillas a los mas traviesos y aventureros que osábamos pisar alguno de los canteros sagrados.

El cuidador que lo sucedió en el tiempo fue más cercano a nosotros en edad y era el encargado, todos los días, de darle cuerda y mantener en condiciones al Público, -como le decíamos todos-  al Reloj de la Catedral.

 Acompañan esta nota, fotos de las fuentes más recientemente restauradas y con agua pero que la mayoría de las veces están vacías, y la instancia de incendio de las palmeras por parte de los inadaptados que también hoy abundan y antes eran la excepción.


Incendio de las palmeras y la acción de los bomberos

Es ésta la primera entrega, próximamente enfocaré otros temas ligados a LA PLAZA y sus circunstancias.

Textos: Alberto Lindor Ocampo, alocoral@hotmail.com
Fotos: Alberto Lindor Ocampo(3,4,6), CatamarcaPress
Producción: CatamarcaPress © 2012

 

 

 

 

 
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
                         
 

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