Otro catamarqueño postulado como Santo

Capítulo I

El 19 de Septiembre de 1958, en la Curia Eclesiástica de Catamarca, con expresa autorización de la Santa Sede , se inició la Causa de Beatificación del sacerdote catamarqueño Fray Antonio de Jesús Lobo. Más de medio siglo después su causa no ha prosperado. Tristemente olvidado, inclusive por sus pares, y el olvido de la comunidad católica de Catamarca hacen que estemos muy cerca de perder una ocasión de llevar a los altares a un hombre que -en la primera mitad del siglo XX- era famoso por su piedad, por su amor a los pobres y por sus obras no sólo como Guardián del Convento, sino, sobre todo sus obras de caridad, su humildad y su entrega permanente a sus queridos pobres: El padre Lobo, el Padre de los Pobres.

No sólo Fray Mamerto Esquiú ha sido merecedor de ese lauro, también el Padre Lobo, con un proceso un poco más retrasado, pero con posibilidades muy importantes de lograrlo. Sin embargo distintas son las versiones de los clérigos consultados sobre la prosecución de la causa. El Padre Carlos Ibáñez sostiene que la misma no tiene ya validez y que hay que empezar todo de nuevo. El Fraile Martínez, encargado de la causa de Esquiú, dice en cambio que sí es posible, es más, que son muchas las posibilidades de que se pueda continuar con el proceso de beatificación del Padre Lobo. Falta quién o quiénes se encarguen de hacer los diligenciamientos correspondientes.

Pero conozcamos quién fue el Padre Lobo, pues muchas obras públicas materiales, espirituales y culturales han sido obra de este predilecto hijo de Dios, pero las actuales generaciones poco y nada saben de él y de dichas obras.

Su historia

El 7 de Agosto de 1856 en la Hacienda El Portillo cercana a la ciudad de Deán Funes, Córdoba, contraen enlace el muy rico comerciante y hacendado catamarqueño Don Isidro Lobo de 42 años de edad con la rica estanciera cordobesa Doña Mercedes Antonina del Corazón de Jesús Moyano, de 21 años y se instalan en la mansión que Don Isidro tenía en la ciudad de Catamarca, frente a la plaza principal, donde hoy funciona el Banco Hipotecario.

Don Isidro Lobo fue senador provincial y su hermano José Luis Lobo fue gobernador de la provincia (1862) y senador nacional por Catamarca en varios períodos (1865-1874)


El padre Lobo rodeado de sobrinos y sus familias en la casa del Ing. Ramón E. Lobo, cerca de 1930.

De esta unión, en un hogar de profunda fe cristiana, nace el 11 de Octubre de 1873 Fermín Emilio, uno de los 11 hijos del matrimonio que diera además dos hijas monjas: una Carmelita, la otra Franciscana Misionera y dos eminentes médicos Isidro y Simeón. Sus hermanas monjas y el Padre Esquiú, amigo de la familia, seguramente influyeron en el alma de Fermín Emilio quien desde temprana edad quiso entrar al convento de San Francisco a vestir los hábitos de la orden seráfica.

El 11 de Diciembre de 1890, en la misa conventual, viste el hábito de novicio que recibe de manos de Fray Andrés Herrera, adoptando desde entonces el nombre de fray "Antonio de Jesús" .

Su apostolado

Casi al final de su vida se supo de las terribles penitencias que él mismo se imponía: nadie sospechaba al estar con él que bajo el sencillo hábito de fraile, púas de acero se incrustaban en sus carnes torturándolas con crueldad, dejando profundas y dolorosas heridas en su cuerpo, de esa forma quería purgar sus pecados y sacrificarse por los pecados ajenos.

Le llamaban el Padre de los Pobres: su predilección estaba en los niños y los enfermos de las clases menos pudientes. "Muchos años pasarán hasta que se olvide la figura del padre Lobo caminando por las calles seguido por una cantidad de niños que conversaban con él y le contaban sus cosas con naturalidad. Los niños pobres, los canillitas, los lustrabotas fueron sus protegidos y beneficiados y por medio de ellos hacía llegar la ayuda a sus pobres hogares", dice en un libro Luis Cano, mucha de la cual solicitaba a sus amigos y parientes ricos. No tenía empacho en pedir para "sus pobres".

Había nacido en uno de los hogares más distinguidos y más ricos de la Catamarca del Siglo XIX, pero él renunció a todos sus bienes materiales y a sus prerrogativas sociales, a todas las riquezas que hereditariamente le correspondían y vivió en una pobreza semejante o mayor que aquella que tenían sus protegidos. Vivía en una austera y pequeña celda del Convento Franciscano de nuestra ciudad, en las condiciones más duras. Dormía en una cama de cemento. Ayudaba en cuestiones materiales a los más necesitados para lo cual tenía una particular habilidad en "pedir para sus pobres".

Llevaba siempre golosinas y panecillos entre los pliegues de su hábito que repartía entre los niños pobres que siempre le rodeaban en sus caminatas por las calles de la ciudad.

Para el día de San Antonio, el Padre Lobo congregaba a una gran cantidad de gente pobre a las que casaba, confirmaba y daba los sacramentos luego de lo cual ofrecía un banquete al que asistían a veces más de cuatrocientas personas, siendo un eximio anfitrión pues él mismo atendía las mesas y departía con todos de la manera más natural. Allí también se hacía reparto de ropas y calzados que él recolectaba.


El Padre Lobo en los patios del Convento Franciscano de Catamarca.

El mejor resumen que se puede hacer de su extraordinaria vida es que era "profundamente humilde y extremadamente bondadoso, que se negó todo a sí mismo, pero se dio todo a los demás".

El canónigo Pío Murúa en una oración fúnebre dijo en 1958 que "era Ministro del Perdón junto al lecho de los enfermos en cuyos recintos penetra de día y de noche, bajo la tortura de todas las inclemencias del tiempo y siempre llevando el consuelo y la paz, que en esos trances es rayo de luz en la noche del dolor".

El Provincial Fray Berardo Martínez dijo en 1957 que "nadie desconoce que al Padre Lobo se lo podía llamar de día o de noche en lo más crudo del invierno o bajo los rigores del terrible verano catamarqueño, que jamas se iba a negar. Su palabra bondadosa, suave, dulce, llena de caridad cristiana, se introducía hasta el fondo del corazón sufriente, atenuaba sus dolores y, al absolverlo de sus culpas, le enseñaba también a santificar el dolor".

Jamás pidió coche a caballo ni automóvil. Aún cuando se solicitara su presencia desde las afueras de la ciudad, iba caminando con cariño pues en aquellos sitios vivían sus amados pobres. Daba los sacramentos y se quedaba a acompañar al enfermo hasta su último aliento.

Tanta virtud le hizo merecedor de integrar una terna junto a otros sacerdotes para ocupar la Silla Episcopal de Catamarca, pero él en verdad no quería ser obispo, sino servir a Dios desde su apostolado al lado de la gente más necesitada, alejado en lo posible de las grandes tareas que sin duda le ocuparían su tiempo. Como Esquiú, que no deseaba ser obispo pero debió aceptar la decisión papal. Al padre Lobo no lo designaron, pero él era más feliz así. Ya el sólo hecho de haber sido ternado es una señal inequívoca de sus grandes virtudes y sus mayores merecimientos.

En el próximo número contaremos sobre Los milagros o hechos extraordinarios que se le atribuyen.

Textos: Rodolfo Lobo Molas
Fotos: CatamarcaPress, Colección familiar.

 


 
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
                         
 

Inicio - Institucional - Declaración - Correo de lectores - Cartas al Director - Numeros anteriores - Contacto

CatamarcaPress Copyright © 2009 - 2010 - Todos los derechos rerevados - ISSN 1853-0672 - Webmaster