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El Colla Chayle Don Anselmo Chayle nació en Cóndor Huasi, Departamento Belén, 1916, cuando la Patria cumplía 100 años. Criado al principio por sus abuelos y acompañado de tres hermanas mujeres. se traslada después a Belén donde lo amparan don Edmundo Gerván y "Gerita" Sueldo. Al crecer recorrió parte de la Argentina haciendo diversos trabajos. Lo conocí en el Hogar de Ancianos Fray Mamerto Esquiú. Allí desgranaba su vida octogenaria entre recuerdos, manualidades y artesanías. Para ese entonces estaba de novio con otra interna: La Nilda , como le decían cariñosamente en el geriátrico. Y se los veía siempre juntitos, de la mano, con la sonrisa amplia y la cordialidad del trato para todos con quienes conversaban.
Cuando lo conocí, don Anselmo Chayle, tenía 85 años pero de una vitalidad y lucidez increíble, llevaba a cabo diversas actividades en el Hogar, entre ellas tareas de jardinería. Me saludó con su tonada cantora de los pagos belenistos, con un cariñoso: -¿Cómo anda tatita? ¡Mi alegro mucho de verlo! Después de los saludos conversamos mucho y me dijo con orgullo: -"Yo soy medio indio, A la gente le da vergüenza pero yo estoy orgulloso de serlo. Me llamo Chayle y ese es un "nombre indio". Me dicen el colla. Mi padre era un indio de Belén y mi madre era criolla. En las reuniones de amigos me empezaron a decir el Colla Chayle y a mí mi á gustao. Algunos me decían que no me deje decir así pero yo siempre i querío que así me digan. -"Mi abuelo me sabía pegar unos azotes si me caía del caballo, -me dijo. Yo i sío domador de potros. Claro que lo 'i aprendío de mi padre y de mi abuelo. Si l'erraba al lazo también me daba con el chicote. Había que enlazar muy bien y no errarle al tiro porque sino mi abuelo me pegaba. Lo mismo si me caía del caballo. Y de chiquito nomás ya me sentaban para qui ande a caballo. -"Yo i sío hombre de campo, aunque también i viajao mucho. Era pilchero en Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe. Andaba en un carro con unos caballos que tenían unos vasos así (y hace una seña indicando que eran vasos muy grandes) para poder pechar en el barro de los caminos. Pilchero era, porque vendía pilchas. Después también i estudiao. Ya de grande. Como a los 30 años i hecho el primer año de bachiller, así que algo de estudio tengo. También trabajo la madera. Y cuando quiero hacer algo no tengo que mirar nada. Todo lo tengo aquí, en la cabeza. Aquí tengo lo que quiero hacer con la madera" (y se señala la cabeza)
-"Uy, en la vida i hecho de todo. En Salta me pagaban muy bien por domar. Y era codiciao porque era bueno. Y nunca m'i machao. Yo i tomao sí algunos vinos en un asao, pero nunca m'i machao. No me gusta eso. Y también antes salía a cazar pero ya no. Desde que la i visto a la dueña de todo ésto nunca más i salío a cazar. Me sorprendió la confesión y le pedí que me contara qué era éso de que había visto a la dueña de todo, y -como la cosa más natural del mundo- comenzó a relatarme un hecho sorprendente : -"Una vez andaba por el monte cazando venaos (venados también se les llaman a las corzuelas o tarucas de Catamarca) allá en Belén. Iba una manada por un alto del cerro y yo cazaba con escopeta. Leh i apuntao y -cuando iba a tirar- oigo que alguien me silbaba fuerte, varias veces; entonces m'i dao vuelta y la i visto. Era una mujer grande, alta, con una pollera roja y con el dedo me hacía que no. Era pa' que no cace. Entonces m'i asustao y me ido pa' lah casa y le'i contao a mi abuelo lo que había visto. Y él m'i ha dicho que esa era la Pachamama , la madre de todo. La dueña de todo. La que cuida todo. Y desde entonces no i vuelto a cazar más".
Me quedé callado y pensando en aquella historia, pero como él no siguió contando más, preferí cambiar de tema y hablar de otras cosas. Poco afecto a hablar de la familia que tuvo, de su mujer y sus hijos, llegó a confesarme que tuvo varios, uno de ellos siguió la carrera militar y también sobre el final de su matrimonio y el alejamiento de su familia. Y su vida, ya en el ocaso de su existir en el Hogar de Ancianos, donde quería permanecer hasta su muerte, que finalmente ocurrió allí, hacen ya varios años. La charla transitaba por historias de alegrías y tristezas, de lejanías, recuerdos y frustraciones, pero también de muchos triunfos, grandes y pequeños que fue logrando en su larga existencia. Demasiados íntimos los recuerdos, demasiados enraizados en un corazón duro y curtido, pero con cicatrices dolorosas. Por eso preferí no referirme a ellos, y dejarlos descansar en la memoria, que siempre estará, pero que no vale por ahora, al menos, pedirle que saque a la luz, los decires de Don Chayle, El Colla Chayle. Me regaló una de sus obras y me dijo: -Soy artesano. Estah lah hago yo. Y éste soy yo, (me decía mientras me mostraba y me regalaba una estatuilla de cerámica que él hizo, ya un tanto ajada por el tiempo y el descuido) tengalá pa' que siempre me recuerde y cuando la vea, se acuerde que soy yo: el Colla Chayle, de Belén."
Por un instante, un nudo ciñó mi garganta, dejándome sin voz, los ojos se me empañaron de tanta emoción y sólo atiné a acercarme y darle un fuerte abrazo de gratitud. Han pasado los años y mis ojos se empañan aún, cada vez que veo la estatuilla que adorna mi biblioteca, porque recuerdo a un hombre que a pesar de la dureza de la vida que le tocó en suerte, guardaba la sencillez y la humildad de esa sangre indígena que tenía su corazón. Textos: Rodolfo Lobo Molas
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