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Otro catamarqueño postulado como Santo Capítulo II El 19 de agosto de 1958, en la Curia de Catamarca se inició la causa de Beatificación de Fray Antonio de Jesús Lobo, conocido como el Padre Lobo, un fraile catamarqueño que fue considerado un santo por sus conciudadanos, merced a sus numerosas virtudes. Continuando con la publicación de un resumen de la Vida del Padre Lobo hoy veremos algunos milagros o hechos extraordinarios. Los milagros o hechos extraordinarios La Catamarca de la primera mitad del siglo XX conocía los hechos extraordinarios que él prefería que no trascendieran, como aquel ocurrido cuando en cierta ocasión fue a visitar a un señor gravemente enfermo y a quien varias juntas médicas no le daban ya más esperanzas de vida: su enfermedad era terminal y su muerte se esperaba por horas. Mientras aguardaba que algunos médicos revisaran al enfermo, llega un vendedor de cuadros ofreciendo imágenes del Sagrado Corazón de Jesús. La empleada doméstica le dice que no y el hombre se va, pero sin embargo enseguida regresa. Lo atiende ahora la propia esposa del enfermo y el vendedor insiste en su oferta de un cuadro religioso, el Padre Lobo que veía la escena desde un rincón de una habitación, le indica a la dueña de casa que compre un cuadro. El fraile lo bendice, lo coloca en la cabecera de la cama y el enfermo comienza a mejorar, a punto tal que recobra totalmente la salud, a pesar que los médicos habían indicado que el enfermo agonizaba y no tenía cura: no encuentran explicación científica. La familia cree que la intercesión del padre Lobo hizo el milagro, pero él, con humildad, lo atribuye al Corazón de Jesús.
Tanto en el libro El Padre Lobo, de Luis Cano OFM, como en los comentarios ciudadanos y familiares hay testimonios de esa anticipada visión sobre la próxima muerte de alguien, por parte del franciscano. También nos refirieron estos hechos Fray Jorge Martínez, encargado de los trámites pertinentes en el proceso de la beatificación de Esquiú. El 11 de Marzo de 1940, por la noche, estaba el Padre Lobo en el Convento de San Antonio de Padua en Buenos Aires, reunido con un grupo de sus alumnos novicios, en un patio, junto a la capilla. De pronto Fray Antonio mira hacia una de las puertas con la mirada definida como en un punto fijo y como entendiéndose con alguien. Los alumnos observan al maestro en silencio. Éste luego se vuelve hacia ellos y continua la charla. Vanos eran los intentos de sus muchachos para que les contara qué había pasado. Ante tanta insistencia les dice el padre Lobo que "es una tontería mía. Me pareció ver a Don Orione (famoso sacerdote italiano fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia ) que venía caminando por la terraza y que me hablaba". Algo realmente extraño pues Don Orione no sólo no estaba en ese convento sino sobre todo por la distancia que había entre los lugares en que estaban uno y otro clérigo. El padre Lobo, hizo como que no le dio más importancia al tema y siguió la charla que había interrumpido. Al otro día una noticia difundida por todo el mundo conmueve a la humanidad. Don Orione había muerto.
Familiares directos del Padre Lobo nos contaron que cierta vez estaba el fraile rezando en la capilla del convento junto a los otros clérigos, cuando vio cruzar caminando por ante el altar mayor a un fraile con la capucha del hábito puesta, las manos en actitud de oración, la cabeza gacha y en silencio. Les dijo entonces: recemos hermanos por otro hermano que nos necesita. Al día siguiente recibieron un telegrama donde se informaba que un conocido fraile de otro convento había fallecido. El insigne sacerdote catamarqueño, Monseñor Santiago Sonzini (que seguramente será alguna vez elevado a los altares), nos refirió que el Padre Lobo era el confesor de muchos seminaristas, incluido él. Uno de ellos, cuyo nombre mantendremos en reserva por prudencia, luego ordenado sacerdote, le comentaba que cada vez que se iba a confesar con el Padre Lobo, éste lo tomaba de las manos y le decía los pecados a confesar, aún antes que él pronunciara alguna palabra y que cuando se callaba alguna falta, el fraile le reclamaba que continuara con la confesión, pues aún no había dicho todo. El Padre Lobo confesaba a muchos seminaristas, y parecía que les conocía los pecados antes de que fueran denunciados. También nos decía Monseñor Sonzini que si algo era conmovedor en el Padre Lobo, era su inmensa bondad. Su dulzura, su claridad de pensamiento y palabra, su distinguida educación para tratar con la gente y su inconmensurable humildad. Y que como confesor tenía siempre la palabra justa, de aliento, de esperanza, de perdón. Que era en verdad, un privilegio poder confesarse con él.
Otros familiares nos contaron que en varias ocasiones en que un sobrino lo visitaba, el Padre Lobo le decía: "en tantos minutos vendrán a pedirme que vaya a dar el sacramento de la Extrema Unción a alguien". Y pasado ese lapso, efectivamente llamaban a la puerta solicitando los auxilios espirituales para algún vecino que estaba en sus últimos momentos. Coincidiendo con el autor de uno de los libro sobre El Padre Lobo no haremos mayores comentarios sobre los hechos extraordinarios y los posibles milagros que hubiera hecho, pues al haber un proceso de Beatificación puede ser imprudente. El Padre Lobo tuvo también una importante obra publica en los claustros franciscanos de Catamarca y mucho de lo que vemos hoy es producto de su acción. En el próximo capítulo veremos estas obras. Textos: Rodolfo Lobo Molas (Del libro de su autoría Catamarca, Ensueño y Leyenda).
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