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Como médico es reconocido en nuestra provincia por su actividad profesional. En su calidad de dirigente deportivo ha trabajado en distintas actividades relacionadas con el boxeo, donde presidió también la Comisión Municipal de esa especialidad. Como músico ha recorrido escenarios muy importantes del país, interpretando en sus años mozos canciones de moda integrando grupos de proyección nacional y ya más aquí en el tiempo, volcado al folclore, no sólo compone canciones con música y letra propias, o musicaliza las letras de otros poetas, sino que ha ganado importantes premios en Festivales nacionales, con el Dúo Lapacho, que integró con el Dr. Luis Vega (Luis Lapacho), y ha tenido destacada participación en el escenario de la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho en Catamarca, como también en numerosos festivales folclóricos provinciales y nacionales. Es el creador y artífice el ciclo El Otro Folclore que con gran suceso se lleva a cabo desde hace 6 años en la capital provincial, con la presencia de artistas locales y nacionales. Y así su sed insaciable de creatividad lo lleva también, inexorablemente, por el camino de las letras, donde, como escritor, además de poesías y letras de canciones, incursiona actualmente en la prosa, en el género cuentos. Precisamente aquí nos ofrece uno de ellos: Boqueteros Escuchó el tercer disparo, que también fue el último. Un agudo y lacerante dolor quemaba su espalda. En el acto, como si su cuerpo fuese de agua, se desparramó sobre el barro. Mojada por el agua de la lluvia que caía sin piedad, la tierra removida del suelo de la obra en construcción, al lado Banco Provincial, se había transformado en un lodazal. Pleno de conciencia, quedó inmóvil frente al cuerpo de su compañero de cruzada. Mientras sentía como se le iba la vida, sus rostros, oscurecidos por el barro, quedaron a solo diez centímetros, frente a frente. Era el final: su amigo parecía mirarlo, permanecía con sus ojos desorbitados, muerto ya por un certero disparo: el primero. Ya no tenía fuerzas para hablar por lo que, intentando explicar el error cometido, le dedicó los siguientes pensamientos: -Yo le dije que esto era peligroso, compadre, nunca habíamos hecho algo semejante pero usted insistió en que era la solución, que iba a ser sólo un trámite. Lo peor fue invitarlo al "Gordo", le dije que no me gustaba, me habían dicho que era un tipo traicionero. Pero usted porfió que nos hacia falta un "baqueano" que conociera la construcción del Banco. Mire qué desastre, compadre, -prosiguió- los dos aquí tirados como perros en el barro derramando nuestra sangre. Es cierto que el "Gordo" nos guió bien y entramos sin problemas; y como usted se había jubilado trabajando en este Banco, supo abrir la bóveda; todo fue rápido, nos iba yendo demasiado bien para ser verdad. ¡Que cantidad de plata, compadre.! ¡Nunca había visto tanta "guita" junta! con esto mi Damiancito se hubiera podido curar. ¡pero.! ¿Cómo son las cosas, no? Sabía que el "Gordo" había trabajado en la construcción del edificio, pero también sabía que no era de fiar. ¿Se acuerda que le pregunté por qué el tipo llevaba un arma en la cintura? Claro, usted me dijo que de todos modos no la iba a tener que usar. Fui el último en salir., recuerdo que usted y el "Gordo" fueron adelante llevando la plata. Yo me había quedado cargando las herramientas y cuando ya había asomado medio cuerpo por el boquete, escuche el primer disparo; levanté la vista y lo ví caído compadre, medio enterrado en el barro. Parado al lado suyo, el muy traicionero tenía en una mano el bolso con los billetes, mientras que con la otra sostenía la pistola todavía humeante. Apenas me vio me disparó. Me agaché justo a tiempo y no pudo darme, luego salí para esconderme detrás de una pila de ladrillos. El muy pícaro hizo como que se iba pero debió esconderse detrás de la casilla del obrador. Ahí me confié, porque creí que se había ido y me acerque a ver como estaba usted. Entonces salió de su escondite y me disparó sin piedad por la espalda. Oscar Sosa, reconocido jardinero de la zona, trabajador honesto, entró en agonía. Dejo de "hablarle" a su compadre mientras escuchaba el ulular de las sirenas acercándose al lugar. -Ahora, mi Damiancito se va a morir igual ¡Maldita idea se le ocurrió, compadre.! -fue lo último que pensó. El operativo policial se armó en menos de quince minutos. El último en llegar fue el Fiscal Oviedo, lo llamaban "El Naranja", porque era usual verlo jugar con una naranja durante los procedimientos. El citrus rotaba sin descanso en una de sus manos, como si esto lo ayudara a pensar. Al final, antes de retirarse, solía tomarse un descanso en el mismo lugar y mientras daba las órdenes finales la consumía gajo a gajo. ¡Pero esta vez no llegó a hacerlo! De entre las pertenencias de uno de los occisos, Oviedo separó un papel que estaba doblado en cuatro; lo abrió y lo leyó. Mientras por entre los dedos de su mano se escurría el jugo de la naranja apretada con furia, comprobaba que se trataba de una costosísima prescripción médica a nombre de Damián Sosa, más abajo, el número de documento y la edad del paciente. Fue entonces cuando supo que se trataba de un niño de tan sólo cinco años. Con letras mayúsculas y subrayadas, una palabra en el papel se imponía a todas las demás: URGENTE. Producción: CatamarcaPress
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